lunes, 24 de junio de 2013

La noche en que te conocí...

Oscuro, todo está oscuro, apenas un pequeño rayo de luz se cuela desde algún agujero de lo que debe ser un techo. Hace frío y huele a humedad. Y no se muy bien que hago aquí hasta que veo tus ojos.
Estás agazapada, hecha un ovillo y escondiendo tus ojos entre tus rodillas y tu pelo. Me adviertes con tu mirada. Aún así me acerco a ti, poco a poco y con paso seguro. Como tiemble o dude estoy perdido. Eso fue lo que me enseñó un domador de cocodrilos en algún otro sitio o en alguna otra vida. Quizá fue en otra vida y aquel cocodrilo finalmente me engulló de una dentellada. Quizá. Pero ahora estoy aquí y sólo quiero borrarte esa mirada. Esa mirada de rabia... porque sé que en el fondo debajo de toda esa fachada y esa dura mirada, eres como una pequeña niña asustada.
Estoy tan cerca de ti que casi puedo extender mi mano para tocarte el pelo... pero no, no lo hago. Me siento enfrente como si fuese tu acompañante, o tu invitado. Tus ojos no paran de mirarme. Me examinan, me testean, me analizan... me advierten.
Pasa un minuto y otro y otro. Y aún no has dicho nada. Yo sólo te miro a los ojos y eso me vale. Tras un cuarto de hora por fin te oigo decir, sin apartar tu cara del escondite formado por tus rodillas:
- Vete de aquí.
- No.
- Que te vayas.
- No.
- Te haré daño.
- Me da igual, no me importa, es lo que quiero, siempre y cuando te divierta y tú estes bien.
Busco algo en mis bolsillos y te lo entrego. Lo empiezas a observar detenidamente. Es un muñequito de vudú. Un muñequito que se parece a mí. Soy yo en pequeñito, hasta tiene mi sonrisa. Sigues mirándolo divertida y empiezas a clavarle las uñas, sonríes cada vez que lo haces. Al mismo tiempo, en mi espalda se van dibujando de arañazos, como si hubiese pasado la noche con una ex-amante mal follada y cabreada.
- Está bien, vámonos de aquí.
No sueltas el muñeco, no dejas de arañarle, de arañarme. Pero me dejas pasar un brazo por debajo de tu espalda y otro por debajo de tus piernas. Te levanto con un movimiento firme del suelo y al dar el primer paso para alejarme de allí me dices:
- Espera, tengo que coger mis cosas.
Giro sobre tus talones y miro 'tus cosas'... alrededor del sitio dónde estaban sentadas están todas tus cosas: varios alambiques y botellas medio vacías, con colores y con una manera de mecer el líquido de su interior que indica que no son buenas para ti. Un grupo de piedras agrupadas y atadas por medio de una cuerda, parecen muy pesadas y en cada una de ellas parece haber una fecha... una fecha del pasado. Un libro negro, muy grande, que está abierto y diría que la tinta con la que está escrito es sangre, en su lomo pone "libro de los agravios"; es una lista de nombres de personas, motivos por el que están ahí sus nombres junto con su pertinaz venganza preparada.
Te beso las mejillas, mis labios se abrasan al rozar tu piel. No sé cuando desarrollaste ese sistema de protección, ni si podré quitártelo algún día, quizá a ti te guste más así. Pero aún así lo intento y te vuelvo a besar otra vez en la mejilla. Creo que ahora me ha quemado menos. Aún es pronto para que sonrías, pero te digo:
- No las necesitas.
Y poco a poco, al mismo tiempo que apoyas tu cabeza en mis hombros, poco a poco nos alejamos de allí, mientras busco y busco un sitio donde llevarte que haya más luz... antes, antes de que acabes de hacer trizas a mi ya atormentada espalda.